dijous, 26 de gener de 2012

BAJANDO DEL TREN DE MEDIANOCHE...






Mi mano comenzaba a esbozar la profundidad de unos ojos inmensos. El pincel se deslizaba sobre la tela sin detenerse a calcular su destino, sin rumbo fijo, suave y libremente. A medida que su danza dibujaba movimientos en el aire algo empezaba a perfilarse en el lienzo adquiriendo una forma suelta aunque no demasiado concreta, más bien confusa , algo dispersa. No lograba vislumbrar a donde me llevarían aquellas autónomas pinceladas ni cual iba a ser el resultado final de la obra.

La mañana era apacible. Fría y apacible.Soleada y apacible. La puerta del balcón estaba entreabierta y el aire penetraba en la estancia acariciando mi rostro con el roce mimoso con que lo haría una madre. Mi alma flotaba  serena, silenciosa, relajada, casi dulcemente dormida por la suave melodía que aquella brisa fresca susurraba a mi oído mientras arrastraba consigo los residuos de un llanto que moría aún antes de nacer, como la pintura que tenía ante mis ojos que ahora la miraban  con signo de interrogación...

El pincel apenas había iniciado su recorrido y el  desencanto ya comenzaba a hacerse presente en mi mano. Que extraña sensación... Observaba las pocas pinceladas que cubrían el lienzo y no me inspiraban casi nada, simplemente, no las sentía como mías, ¿qué tenía? nada. Sólo algunas pinceladas difícilmente interpretables que se quedaban en nada. Ni siquiera sentía la necesidad de continuar...

Miré por la ventana. La mañana era preciosa para renunciar a la complicidad de su guiño. Me puse la chaqueta y el fular y me dispuse a salir a pasear. Antes de dejar la casa volví a detenerme en el cuadro inacabado que reposaba sobre el caballete, había empezado a parecerme demasiado abstracto para mí y no quería perder mi sonrisa...


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