dilluns, 30 de gener de 2012

EL COLOR DE UNA SONRISA







El maldito cuadro seguía arrinconado en la penunbra de la pequeña habitación de los trastos. Había empezado a olvidarse de su existencia pero al pasar ante la puerta le llamó la atención. Las pocas pinceladas cubriendo la tela le hicieron recordar lo que había debajo antes de tapar toda la superfície con óleo color marfil. Le parecía ahora tan vacío...nadie podía imaginar que antes hubiera estado tan repleto de objetos, de tiempos, de perspectivas y de contrastes, aunque no era un cuadro alegre, era demasiado oscuro, oscuridad de naturaleza muerta o de bodegón propio de una casona rústica en pleno pirineo Catalán abandonada en manos del polvo desde el cual el tiempo describe su silencioso transcurrir. Las manos de la artista habían logrado transmitir una pasión olvidada que no había llegado a ensuciar la paleta, el abandono mudo integrado en el ruido excesivo , en el movimiento imparable, en el transito anónimo y casi mecanico de la gente que no se detiene a mirar a los ojos de la vida, cegados por la oscura cotidianidad. Se le antojaba ahora tan ajeno. Tal vez las pequeñas pinceladas sin forma que ahora lucían en la tela hubieran servido simplemente para cubrir esa imagen muerta que como por inercia solía arrastrarla hacia ella, que la absorbía sumiéndola en la cara más oculta de la resignación.

Sonrió... y se percató entonces de que había recuperado esa sonrisa tan suya, tan sincera, tan ingenua a veces, tan pícara otras, esa sonrisa del corazón que no perdería aunque el cuadro se quedara en esas cuatro pinceladas sin rumbo ni horizonte.

Cerró la puerta sin dejar de sonreír...


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